EL RETABLO DE ORO: LA JOYA MÁS GRANDE DEL MUNDO

Mar 31, 2020arte, artesanía, orfebreria0 Comentarios

La Basílica de San Marcos. Consagrada en 1094.

Durante una visita guiada en la Basílica de San Marcos, hace de esto algunos años, una señora de habla española me indicó una fila de turistas, al lado de un cartel que decía Pala d’Oro, comentando sorprendida: “¡Los venecianos eran lo máximo! Hasta las palas las hacían de oro, la de aquí debe ser muy bonita si hacen cola y pagan para verla».

La fila delante de la capilla de San Clemente.

Es fácil para un turista hispanohablante mal entender el significado, la traducción en castellano de la palabra italiana pala es retablo.

Anuncio ‘Pala d’Oro’.

El Retablo de Oro es una obra de orfebrería medieval de valor inestimable, tiene 3,34 m de ancho por 2,12 m de alto, está decorada con oro, plata, alrededor de doscientos cincuenta esmaltes bizantinos y mil novecientas veintisiete piedras, entre preciosas y semipreciosas. Muchos lo identifican como la joya mayor del mundo.

El Retablo de oro.

No es una creación unitaria, es el resultado de intervenciones distintas dispuestas por tres dogos en el arco de dos siglos, del XII al XIV, más los ajustes realizados en el siglo XIX y XX. Su heterogeneidad no disminuye su atractivo, al contrario, lo hace más sugestivo.

Detalle del Retablo de oro, Pantocrátor, esmalte bizantino, siglo XII; marco de oro y piedras preciosas, siglo XIV.

Hasta el siglo XIX el Retablo de Oro estuvo dividido en dos tablas, que nueve bisagras plegaban como un libro, catorce cerrojos cerraban como un ‘joyero’ protector y dos retablos pintados cubrían por ambos lados.

Políptico de Paolo Veneziano e hijos, siglo XIV.

A nosotros han llegado tres polípticos, de épocas diferentes, que sirvieron como cubiertas. Dos de ellos se pueden admirar en el Museo de la Iglesia de San Marcos: el más destacado, pintado por Paolo Veneziano e hijos en el siglo XIV, y el más reciente, obra de Maffeo da Verona del XVII. El tercero, atribuido a Francesco de’ Franceschi, se encuentra en el presbiterio; hablaremos de él más adelante.

Retablo atribuido a Francesco de’ Franceschi, siglo XV.

Paradójicamente, ocultarlo celosamente durante novecientos años acentuó su valor y alimentó la imaginación colectiva. En sus raras apariciones, innumerables curiosos llegaban a la ciudad para poder admirarlo. La mayoría de la gente hablaba de él sin haberlo visto nunca.

Detalle del Retablo de oro, Pantocrátor y los cuatro Evangelistas, esmaltes bizantinos, siglo XII.

Entre 1836 y 1847 se dedicaron a restaurar y renovar La Joya. Desmontaron todos los componentes; eliminaron bisagras, cerraduras y las dos tablas; restauraron todas las piezas y las dispusieron en una tabla única, siguiendo el orden originario; agregaron piedras preciosas porque algunas se habían ‘extraviado’; construyeron detrás del altar mayor un zócalo grande de mármol, con tres pilares, donde poderlo instalar.

Detrás del altar mayor de San Marcos se entrevé el zócalo construido en el siglo XIX.

Pensarán Uds. que, descubriéndose, abriéndose y conquistando el altar, permanecería visible. Pues no, por más de medio siglo lo cubrieron completamente con un cuadro. Solo durante conmemoraciones religiosas importantes, como la Navidad o la Pascua, lo descubrían y podía ver la luz para deleite de los feligreses.

Angelo Roncalli, Patriarca de Venecia (1953-1958).

Angelo Roncalli, patriarca de Venecia, futuro papa y santo, desde su nombramiento en 1953 inició la renovación del presbiterio de la catedral de San Marcos, para adecuarla a las nuevas normas litúrgicas. Él conocía muy bien el retablo dorado y lo admiraba con creces, lo llamaba ‘destello del Paraíso’.

Zócalo de mármoles diferentes con tres pilares.

El eclesiástico percibía en esa pieza, más allá de su indiscutible valor histórico-artístico, una fuerza evangelizadora que lo inducia a la meditación espiritual, cual visión de la Jerusalén celestial. Por lo tanto, entre los muchos objetivos de la amplia reforma, estableció también darle al Retablo de Oro mayor visibilidad.

Zócalo alejado del altar mayor en el siglo XX.

Al zócalo del siglo XIX lo alejaron del altar, en su pilar central introdujeron un eje giratorio y encima de éste colocaron una caja que contenía dos retablos: el de oro y el políptico pintado en el siglo XV, atribuido a Francesco de’ Franceschi (señalado anteriormente).

Canto de la caja que contiene los dos retablos.

Ambas obras unidas por el fondo mantienen los frentes visibles por cada lado y girándolos, enfrentan la nave o la pared del ábside, respectivamente.

Políptico de Francesco de’ Franceschi de frente al altar.

Retablo de Oro de espalda al altar.

Las transformaciones del presbiterio se concluyeron cuando Roncalli ya había subido al trono pontificio como Juan XXIII (1958).

El papa Juan XXIII (1958-1963). Canonizado por papa Francisco en 2014.

Indudablemente, el mecanismo giratorio fue una solución revolucionaria para el Retablo, le evitó la secular imposición de cubiertas que anulaban sus destellos y podía finalmente estar libre; montado en un tiovivo se dejaba admirar, según el giro, desde dos puntos de observación contrarios.

Vista lateral del zócalo y la caja de los retablos, las dos piezas metálicas unen ambas partes, para poder rotar los retablos se debe extraer una.

En la parte lateral del pilar central hay un orificio.

La palanca que se introduce en el orificio para girar los retablos.

La palanca permite liberar el eje giratorio, contenido en ese pilar, para girar los retablos.

Aunque si es el cuadro de de’ Franceschi el que pasa más tiempo mirando hacia la entrada, las apariciones de La Joya encima del altar mayor, han aumentado respecto al pasado. Gracias a la ampliación del calendario de eventos del Patriarcado de Venecia, religiosos y no, tiene la oportunidad de rotar hacia la nave más a menudo, mostrándose en toda su belleza.

El altar mayor con el políptico de Francesco de’ Franceschi.

El altar mayor con el Retablo de oro durante la fiesta de San Marcos el 25 de abril.

Además, durante los horarios de visita, los turistas pueden acercarse a él pagando una entrada. Para hacerlo es imprescindible pasar por la capilla de San Clemente (a la derecha del iconostasio) y entrar en el presbiterio. Una taquilla, un troquel y la afluencia continua de turistas han alterado este pequeño espacio, otrora encantador.

Fila de turistas delante, capilla de San Clemente.

La taquilla y el troquel, capilla de San Clemente.

Protección del altar, capilla de San Clemente.

Pasado el troquel debe dirigirse detrás del altar mayor, donde la pieza se yergue majestuosa dando el frente al ábside.

El Retablo de oro girado hacia el ábside.

El brillo de la pedrería y las figurillas bizantinas, elegantes e hieráticas, capturarán su atención. Puedo afirmar con seguridad que sus ojos disfrutarán de la armonía del conjunto y quedará satisfecho.

Detalle del Retablo de Oro, Virgen orante, la emperatriz Irene y el dogo Ordelafo Falier, esmaltes bizantinos, siglo XII; marco de oro y piedras preciosas, siglo XIV.

En ese enorme estuche de alhajas, cual es la basílica de San Marcos, el Retablo de Oro sobresale y se inserta dominador en el refinado contexto. ¡Bien vale una visita!

La Basilica de San Marcos durante un evento nocturno.

Sobre los detalles de la elaboración larga y compleja del retablo me propongo escribir cuanto antes para nuestro blog BestVeniceGuide.

Detalle del Retablo de oro, arcángel Miguel y santos, esmaltes bizantinos de épocas diferentes; marco de oro y piedras preciosas del siglo XIV.

Mercedes Marrero de Schena
mercymarrero@gmail.com
BestVeniceGuides